Prosa

Tengo miedo

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La ciudad está dormida al atardecer. Sólo está despierto el sosiego. El grave sosiego que perfora la noche. No estoy dormido. No creo que esta quietud domine solamente mi corazón. Es posible que haya otras personas que no han dormido. Pero yo no las puedo ver. Si hay algo que destruya el silencio de la noche no puedo sentir su presencia. Mis pensamientos no me dejan en paz. No puedo oír hasta el fin la canción bonita del silencio de los sordomudos en un lenguaje ameno. La razón es que las canciones que nunca he cantado me empujan el corazón. Mis sentimientos que no pueden encontrar la salida me despedazan el corazón que se sacude. Es como si cayeran piedras y rocas en mi alma. Es muy doliente el golpe que me dan las piedras. Llueven grandes piedras desde todas partes. Cubro mi rostro con mis manos. Aunque puedo estar firme contra los fuertes golpes, no quiero ver la cara de las personas de corazón de espinas. Cierro mis ojos para no odiar a la humanidad. Ni puedo escuchar el silencio. Así altero la armonía de la noche y la noche altera la mía. Mis canciones parecen a esta quietud. Si lenguaje es sordomudo. Pero puede preguntar por la voz del silencio a la noche. Amanece. Me precipito para ver el alba. Pero tengo miedo del día. Tengo miedo de las palabras del que no entiende de la palabra; de la queja del que no entiende del problema; de la pregunta “quién eres tú” del ignorante que sólo calcula con dinero todos los valores espirituales y que no cree en nada más que el dinero. Tengo miedo, es verdad. Tengo miedo de los que no añoran. De la maldad del hechizador que convence a la serpiente. Tengo miedo de la traición que nos deja en la miseria. Tengo miedo, de verdad. Tengo miedo de lo que veo en el día.



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